jueves, 21 de marzo de 2024

Tu barrio es mi barrio: sobre la última vez que fue ayer

Barrio*

Agustín Márquez, La última vez que fue ayer, (Candaya, 2018)

Jesús García Cívico


La primera vez que vi una televisión en el color fue en casa de una vecina de mi abuela.

Aquella tarde, la señora P. había dispuesto varias filas de sillas para que los niños de la finca pudiéramos ver los dibujos en color. Como ejemplo de una obsesión inconsciente y profunda relativa a la salida de una suerte de blanco y negro vital, recuerdo también los pollitos de colores que mi abuela nos compraba a mis primos y a mí en el cruel mercado de Ruzafa, recuerdo que la hija de la carnicera se quedó embarazada con trece años y un día dejó de despachar. Embarazada de Q., según dijeron. Recuerdo que mi abuela tenía un gallinero en la esquina de una terraza que daba a un solar y a un cine de reestreno: el Lido. Recuerdo cada uno de los programas triples que pusieron. 

Recuerdo que en el barrio me llamaban Gigi, o mejor, el Gigi y que gritaban mi nombre por el balcón para que fuera a cenar. Mis tíos trabajaban en un taller de chapa y pintura, justo debajo del balcón de mi abuela, mi tía una droguería casi en la esquina, los vecinos de arriba enviaban a su hijo con nosotros cuando se emborrachaban, se pegaban (por ese orden) hasta que cesaban los gritos del deslunado. No olvido, no puedo, no me resulta posible olvidar, lo que sentíamos al devolverle de la mano a aquella casa, recuerdo que en la pequeña panadería me solía encontrar con Don E., un profesor de los Salesianos que solía golpearnos en el cráneo con una campanilla de metal. Un día, de camino al colegio, escuchamos un sonido fuero y seco: era el cuerpo de la portera que el día anterior nos había regañado. Cuando su familia trató de despegar su cuerpo de la gravilla algunos chicos se rieron. Nunca había visto un muerto hasta ese día. Luego vi el cuerpo de mi abuelo: lo llevaban entre varios de mis tíos, aún no se habían quitado del hombro las escopetas. 

Eso era un barrio, un tejido denso de relaciones, identidad, anhelos y brutalidad del tipo del que el joven escritor Agustín Márquez (Madrid, 1979) ha sabido describir en La última vez que fue ayer (Candaya, 2018).

Narrada en primera persona y estructurada a partir de dos episodios temporales (finales de los ochenta/ principios de los noventa), la acertadísima novela breve de Márquez me parece, básicamente (y no es poco) una emotiva descripción de las temperaturas y de los estados de ánimo que habrían de darse en la coincidencia psíquica, moral y material de dos tipos de crecimiento muy distintos: la pubertad- adolescencia (un lapso interno entre la patria eterna de la infancia —Rilke—, el crecimiento imparable y confuso o las imprecisas promesas del yo-para-con-uno) y el otro crecimiento, el exterior: cierto boom económico, el bling bling de los préstamos personales, el ensueño de una bonanza entrelazado sutilmente en la densa tela simbólica, ficcional y familiar del Un, dos tres… la luz verde, «el futuro orgiástico que año tras año retrocede ante nosotros» y los incontestables (no tan optimistas) datos de la movilidad social vertical.

De ser así, La última vez que fue ayer no trataría tanto, según lo veo, de las falsas promesas de prosperidad de los barrios periféricos en las primeras décadas de la democracia, tal como ha insistido en distintos lugares el autor, sino de algo más hondo y universal: ese material emocional denso en cuyo lomo el tiempo escribe con plomo la crónica irreversible del pasado.

Narrada en primera persona y con ciertos ecos formales del clásico de Georges Perec, La vida instrucciones de uso, (alguien diría que de 13, Rue del Percebe) la composición de La última vez que fue ayer es en realidad polifónica (de acuerdo con ciertos patrones de la composición magistralmente ensayada por Cela en La colmena) y en un sentido muy lúcido, animista, de acuerdo con la comprensión de que tanto los útiles de uso cotidiano como cualquier elemento del mundo social están dotados de movimiento, vida, alma o consciencia propia.

«La carretera que atraviesa el barrio es una recta de kilómetro y medio. El pavimento está repleto de manchas de aceite, huellas de frenazos y calcomanías de animales. El asfalto cuarteado dibuja una raspa de pescado deforme, donde decenas de socavones esperan hambrientos llantas y guardabarros. Hace unos años, un tipo de fuera con más visión que la que le proporcionan sus gafas de culo de vaso, montó un taller junto a la carretera. Tiene a varios del barrio trabajando en el taller, y él solo va al final del día a hacer caja».

En este párrafo inicial quedan al descubierto las estrategias formales, la «voz» de la novela —por decirlo con el historiador de la literatura argentino, ya fallecido, Óscar Tacca— así como el tono y ritmo escogidos: evocación más o menos distanciada, frases cortas, ciertos estilemas (me temo que aquí no del todo pertinentes) propios de la novela negra clásica: cinismo, tendencia a la frase ocurrente, impudencia, guiños de clase, barriocentrismo. Se revela también la descripción prosopopéyica, no solo como recurso estilístico dominante (junto a la elipsis), sino como marca literaria de toda la historia, una historia donde el descampado, el quiosco, la calle misma evolucionan como un personaje más, con la particularidad de que nos resultan tan familiares como algunos de los secundarios más explícitos: chico B., el «camello» aficionado a los canarios, el chico obsesionado con el fuego o el chucho Mázinger.

Hay elementos narrativos conductores, básicamente, los atropellos en la autopista, que funcionan tanto como detonantes como mojones de un itinerario de un tipo de derecho público urbanístico que tiene que ver, eso sí, con la concepción tecnofílica y líneal del tiempo moderno, la idea de flecha (frente a la circularidad grecolatina), el sueño del progreso. Otro elemento es ese punto de vista interno, el del barrio, que marca tanto la perspectiva como las prioridades emocionales: etimológicamente, «barrio» (una palabra de origen árabe) apunta a lo exterior, a lo que queda fuera y aquí otro indudable mérito de Agustín Márquez es haber reintroducido o recentralizado en el guion de una historia más general, más inter-barrial, una serie de voces y estados de ánimo tradicionalmente silenciados o demasiado periféricos en nuestra literatura más reciente.

Hay un deterioro nugatorio, una pérdida, una traición en el hecho de crecer que Márquez ha sabido captar y contar perfectamente. El tono, ora etnográfico ora confesional, capta sutilmente la desorientación, la vulnerabilidad de los planes de futuro, la debilidad de los presupuestos de la meritocracia contemporánea (descritos  científicamente por Bowles y Gintis, por Paul Willis: Aprendiendo a trabajar. Cómo los chicos de la clase obrera consiguen trabajos de clase obrera, o por el sociólogo francés Pierre Bourdieu).

Confusión, obsesiones, círculos, orgullo de barrio, guiños generacionales (esta novela o novelita la entenderán, o mejor, la sentirán sobre todo aquellos nacidos a finales de los 60 o principios de los 70), símbolos de pertenencia compartida, registro de la vulnerabilidad social, recuerdos de clase, no-lugares (Marc Augé). Sorprende gratamente la contención del estilo, aunque en algún momento puede que se haya abusado de la sordidez. Agrada, sobre todo, la fluidez del fraseo y el perfecto equilibrio entre violencia y ternura, crónica íntima y agenda personal, Agustín Márquez muestra una voz propia, auténtica que huye inteligentemente tanto de cierta pornografía miserabilista y de la cristiana «angelización» del pobre (la machacada en algunas cintas del dúo Ken Loach-Paul Laverty, o con menor originalidad, por González Iñárritu), como del realismo social más transitado.

Por acabar con otro referente cinematográfico, La última vez que fue ayer, apunta donde ya dio Barrio ((1998), el filme de Fernando Leon de Aranoa, y algunas de las magníficas estampas costumbristas de esta novela que no quiere ser social —las conversaciones alrededor del quiosco, el atardecer de las jergas marginales, las concentraciones vecinales— recuerdan el estupendo hallazgo visual del director madrileño: aquella moto acuática inútilmente enganchada a una farola en las calles de La Elipa.

En el corazón de todos los barrios —de la Avenida de la Plata a San Blas, de la periferia extremeña a Carabanchel— ocurrieron cosas raras, hermosas o dolorosas como las que cuenta este prometedor autor que ha sabido sortear con curiosa sensatez y oportunos cambios de registro tanto los excesos de la nostalgia como la hipocresía de una hipotética, superficial, posmoderna asepsia valorativa: lo hermoso y lo trágico del pasado es que sucedió antes de que averiguáramos el ambiguo registro de lo real. 

Mención especial merecen a mi juicio las páginas dedicadas a los solares. Lugares de muebles viejos, jirones de revista pornográfica, vidrios, letras oxidadas y objetos insólitos, lugares donde al levantar la cabeza de los cardos y las achicorias amarillas una encuentra el estruendo de la autopista, lugares que Agustín Márquez con una insólita madurez ha sabido dibujar como espacios de libertad lírica, una metáfora difícil de atrapar pues los barrios abren y constriñen y esos descampados sin vallas son, al fin y al cabo, la primera imagen de un tipo de horizonte vital: la falta de lindes del solar apunta el incierto lugar donde puedes llegar, pero también aquel de donde no podrás escapar jamás.


Reseña originalmente publicada en Revista de Letras


miércoles, 6 de marzo de 2024

Que levante mi mano quien crea en la telequinesis

Que levante mi mano quien crea en la telequinesis, Kurt Vonnegut.




Fotos: Discutiendo sobre la presencia de Heidegger, Emily Dikinson, Peter Sellers y los personajes del autor de Matadero 5 en La condición despistada.  

Universidad de Valencia











martes, 2 de enero de 2024

Mis películas de 2023 (mis preferidas entre las mejores del año)


1. Godland, de Hlynur Palmason - Anatomía de una caída, de Justine Triet

2. Trenque Lauquen, de Laura Citarella

3. Decision to Leave, de Park Chan-wook

4. Háblame, de Danny Philippou y Michael Philippou 

5. La hija eterna, de Joanna Hogg – Asteroid City, de Wes Anderson

6. Cerrar los ojos, de Víctor Erice - Los asesinos de la luna, de Martin Scorsese  

7. Pearl, de Ti West - El triángulo de la tristeza, de Ruben Östlund 

8. Barbie, de Greta Gerwig

9. La belleza y el dolor, de Laura Poitras - Samsara, de Lois Patiño

10. El sol del futuro, de Nani Moretti - Fallen Leaves, de Aki Kaurismäki





miércoles, 1 de noviembre de 2023

El regreso de dos títulos de cabecera: Trilling y Cristopher Lash


En 1979 se publicó La cultura del narcisismo, el ensayo del sociólogo norteamericano Christopher Lasch y también se estrenó Manhattan, el film de Woody Allen y ambas referencias culturales tienen el mérito, bajo cierta perspectiva, no solo de suponer ácidos retratos de la transición socio-emocional de una época sino de anticipar más específicamente una suerte de quiebra en las nuevas subjetividades –desde la neurosis al narcisismo– que tendría su particular reflejo político las décadas siguientes: crisis de la referencias, mutaciones profesionales como preludio de la precariedad estructural, fragmentación de la vida social, subjetivismo (el efecto del relativismo en la práctica del conocimiento), decadencia del superyó.

La metodología del ensayo es la crítica cultural de cuño psicoanalítico (el narcisismo primario que comienza con el nacimiento y la paulatina constatación de que ni la madre ni el mundo son extensiones de nuestra voluntad), por eso (por «ello») aunque la imagen del teléfono móvil en la cubierta del editorial madrileña sea oportuna y no del todo improcedente, esta ilustraría solo una de las aristas del fenómeno analizado por Lasch, un hecho multicausal presidido por un enfoque freudiano donde la categoría del narcisismo no refiere tanto el egoísmo ensimismado más actual o la vanidad del selfie, sino un síntoma más o menos patológico de las tendencias culturales que incidían en la negación de la separación público-privado, en el rechazo a la dependencia del vínculo social, y por tanto en cierta crisis de la economía política, la escuela y la familia norteamericana de finales de los años 70.





Leer artículo completo publicado en El Hype pinchando aquí


La sociedad es narcisista, no porque el individuo se haya convertido en un ser vanidoso sino porque el mundo se ha ido transformando en un espejo pulido. Otro de los regresos literarios del año (en lo que toca al género del ensayo) fue la reedición de La imaginación liberal. Ensayos sobre literatura y sociedad, el clásico de Lionel Trilling reeditado por Página Indómita en 2023.




jueves, 14 de septiembre de 2023

Los noventa, de Chuck Klosterman (una recomendación)

Lo que permite el paso del tiempo es la claridad de cierta perspectiva y en este punto, uno de los libros de 2023 será Los noventa de Chuck Klosterman editado por Península, con prólogo de Javier Aznar. 

A pesar de que algunos capítulos pueden resultar excesivamente locales (huelgas en la liga de béisbol, programas televisivos que —afortunadamente— nunca llegaron aquí), lo cierto es que el análisis de la autenticidad al hilo de los estereotipos de la Generación X en films como Reality Bites, del descrédito grunge de los alicientes de ascenso social vertical y de lo mal visto que estaba venderse mantiene cierta validez cultural desde una conciencia universal de su caducidad. Los subtextos de Friends, Seinfeld y Cheers son una delicia. Y uno ha disfrutado mucho con la ironía desbordada de un Klosterman sensacional: la campaña de Bush con Irak (tras el episodio judicial que paralizó el recuento de papeletas que podría haber dado la victoria al más sensible ecológicamente hablando Al Gore) y la conocida tesis de Baudrillard; el mordisco de Tyson a Holyfield como capítulo de cierto distanciamiento de la realidad, el dispar destino de Kurt Cobain y Tupac Shakur o las letras de Alanis Morissette como anticipo del auge de la «nueva sinceridad».

Si es verdad aquel dicho atribuido (apócrifamente) a Napoleón, de que para entender al hombre hay que saber qué pasaba en el mundo cuando tenía 20 años, entonces la disección de la crítica cinematográfica de videoclub, la influencia del teléfono fijo en las relaciones sentimentales, el bueno de Fox Mulder (Expediente X) como normalización del futuro conspiranoico y, en general, el análisis de la década que empezó con la caída del muro de Berlín (1989) y terminó con el 11/S (2001) son recuerdos imprescindibles para entendernos a nosotros mismos (los que hoy rondamos los 50) desde un tiempo seminal lleno de presagios culturales sobre el auge de la imparable estupidez que vino después.



domingo, 13 de agosto de 2023

Algunos libros leídos en 2023

Siempre incluyo en mis reseñas y críticas literarias (no son lo mismo unas y otras) algún "pero", un elemento de disgusto, por así decir.

A lo mejor porque es verano o a lo peor por la razón anterior tampoco es que me sobren los espacios para continuar escribiéndolas.

Así que haré algún comentario brevísimo por aquí:

Obviando algún «eco» excesivo (de Hrabal y de Böll, de Remarque y del cine de Václav Marhoul o Elem Klimov), lo «peor» que puedo decir de "Morir en primavera", la novela del alemán Ralph Rothmann es que ES DEMASIADO HERMOSA.


Otro de los mejores libros que he leído en lo que llevamos de año




jueves, 19 de enero de 2023

Las mejores películas de 2022 (mis preferidas entre las mejores)

A falta de ver R. M. N. de Christian Mungiu, o Hasta los huesos de Luca Guadagnino que tienen una aspecto estupendo y seguramente entren ya en la lista de 2023 (a pesar de haber sido estrenadas en festivales en 2022), esta es la lista de mis películas preferidas (las mejores de mis preferidas, o, quizás mejor, mis preferidas entre las mejores).

Conviene reparar en que dos de las mejores películas estrenadas este año, como Memoria de Apichatpong Weerasethakulo Drive my car de Ryûsuke Hamaguchi ya estaban en la lista (la copio abajo) de 2021.


Bueno, incluyo abajo la del lustro entero y ya está.


1. Licorice Pizza, Paul Thomas Anderson

2. Pacification, Albert Serra 

3. X, Ti West

4. Vortex, Gaspar Noé

5. Nop! Jordan Peele 

6. Benediction, Terence Davies

7. Sobre la historia natural de la destrucción, Serge Loznitsa

8. Crimes of the Future, David Cronenberg

9. Alcarrás, Carla Simón 

10. As Bestas, Rodrigo Sorogoyen 


Las listas son un entretenimiento, pero también algo más que un entretenimiento










martes, 17 de enero de 2023

Sonó otro invierno: Portrommet de Maridalen desde el faro de Alnes

Dejó escrito Paul Valéry que la facilidad de la lectura se ha convertido en una especie de regla en las letras desde el advenimiento del reino de la prisa y de las hojas impresas que cautivan inmediatamente o pretenden que suceda tal. Todo el mundo tiende a leer aquello que todo el mundo habría podido escribir y lo mismo sucede con la música, digo yo. Bornfor del trío de jazz noruego Maridalen (ahora escucho «Portrommet» en el faro de Alnes) o los seis temas de Feeding the machine de Binker and Moses con su raro vitalismo y el continuo aviso de la decepción han evitado que reuniera los primeros días de enero las fuerzas suficientes para volver a fumar (otro propósito felizmente incumplido). El invierno pasado sonó Dragon new warm mountain I believe in you el mejor disco de Big Thief, una banda de Brooklyn liderada por Adrianne Lenker que pronto me recomendó mi nueva tienda de discos de referencia.




Lo de Putin no tiene perdón pero soy demasiado sensible para cancelar el postpunk ruso y más allá de Human Tetris, Motorama o The Glass Beads me encanta la nueva ola siberiana de Ploho o Uvala el grupo de San Petersburgo con su dream-pop. En otra onda, me encantó Pompeii de Cate Le Bon y me pareció delicioso el título de The Weather Station How is it that I should look at the stars. Me ha emocionado la fuerza evocadora de Past Life Regression del grupo Papercuts, no solo por su capacidad para trasladarme a mi propia juventud sino porque corrobora mi idea de que el pasado tiene garantizado el futuro o que, más allá de los análisis de la formidable Retromanía de Simon Reynolds, el futuro ya pertenece al pasado. Un buen día de febrero me desperté con «good Morning (red)» la hermosa canción de caroline. Otro de mis preferidos, Destroyer, el grupo del canadiense Dan Bejar, sacó el pasado nuevo disco: Labyrinthitis.





La condición despistada: un verdadero detalle de Antonio Garrido Hernández en La Verdad

 



sábado, 14 de enero de 2023

Papur y Ferrer Lerin revisitados (una reseña en Revista de Letras)

Papur revisitado

por Jesús García Cívico

Revista de Letras

La editorial Días Contados recupera una de las obras de culto de Francisco Ferrer Lerín | Foto: Miqui Ferrer Jiménez, WikiMedia Commons


Hay libros que tienen la estrella de reaparecer, de resucitar de forma espiritual como primicia de aquellos que durmieron, de retornar, de exhibir el misterio del bis que apunta Vila-Matas en su reciente y elevada Montevideo, una segunda oportunidad, o mejor, otra ocasión de acuerdo con la idea circular del tiempo de la antigua Grecia: kairós.

Es el caso de Papur del poeta y ornitólogo Ferrer Lerín (Barcelona, 1942) reanimado, vivificado, revisited, recompuesto a partir de la sombra de una pata de codorniz por una de las editoriales más pulcras del país.

El renacido Papur (Papur 2022 podríamos decir) en la serie castellana de la cuidada, elegantísima edición de Días contados sigue la original publicada en Eclipsados (Zaragoza, 2008) si bien añade para celebrar el esperado acontecimiento del regreso, la «Jornada laboral de un poeta barcelonés» y «El rey de la péñola jacetana», un breve texto de Félix de Azúa a modo de epílogo.


En el prefacio leemos que el volumen que nos ocupa nace con el hallazgo en el archivo municipal de la ciudad oscense de Jaca, de un documento en el que se relacionan los nombres de los componente de la aljama de la judería local allá por el año 1475.  Entre los nombres de dureza singular destaca el de Sento Papur: reto fónico, envite literario, provocación que un escritor impar como Lerín no podría dejar de contestar, volumen finalmente. A continuación, listado de ilustres judíos «a la manera de la poesía del inventario de mi querido Saint John-Perse». Tras él diecisiete «bibliofilias», «facsímiles» (de «La ciudad alejada» a «Historia con dos versiones más que dudosas»); capturas y eliminaciones de palomas domésticas y perros vagabundos, llegada de buitres leonados que hacen «series»; luego «varios» que van de barrizales, ingesta de carne humana a cargo de aves, lances sexuales, animales yegua y trayectos; Die Rabe (El cuervo, en alemán) y guiones vírgenes: Descrita una zona de vida y no solo una jornada extraña, Papur se cierra con de Azúa.

De nuevo brillan para opacar la simple tendencia literaria everywhere, la incorrección, el culto eminente al vicio propio, la deformación imaginativa de la memoria, el relato escrito con los colores del sueño, la violación del recuerdo puro, cierta falta de piedad, una divertida indiferencia moral sin el candor de Ripley, el asesino de Highsmith; retratos del hampa, crímenes y pájaros, léxico escrupuloso, risa para uno mismo, precisión al señalar el nombre, dominio de las formas breves, entorno de Jaca.

En fin, todos los estilemas de Lerín.

No es posible dejar de ver la relación entre la forma en que el autor de Familias como la mía (2011) rapta la palabra como a una niña (como a una de sus 30 niñas) antes de ser literatura y la composición visual infraleve –por tomar el acertado término de Miguel Ángel Hernández– tal como se revelaba en el interior de un ojo avispado el sagaz arte casual: emociones estéticas de elementos colocados o distribuidos azarosamente sin voluntad artística.

Presiento que la mirada concentrada en el hueso de la miscelánea que es Papur –como al Ray Milland de X (Corman, 1963) que siempre me viene a la cabeza al hablar de Ferrer Lerín– sería capaz de captar, de radiografiar, el postrero resplandor de las vanguardias. Así sucede especialmente con los textos más oníricos, pasajes sin teoría, sin presunción previa porque, ¿qué hipótesis concebible puede elucidar una fenomenología del sueño, o del recuerdo del sueño, una estructura de la experiencia onírica sentida tan difusa, múltiple y sinestésica en sus expresiones terminales? ¿Acaso escribe en sueños con tinta de espejo Ferrer Lerín negro sobre leve?

Pero es posible que el sueño no sea lo negro, sino que, como señala George Steiner en las Gramáticas de la creación, el arte sea el hermano de la muerte. Esencialmente expresiva de la vitalidad, la obra de arte se ampara bajo dos sombras: la de su existencia posible o preferible y la de su desaparición. En el lector de este gran Papur de Días contados reverberarán también, junto a las disposiciones azarosas que hacen arte entre montañas, los ecos de sus tres primeros poemarios memorables –De las condiciones humanas (1964), La hora oval (1971) y Cónsul (1987)–, humor nada inocente o, de hecho, casi cancelable, broma sofisticada que vence a la cancel culture: bajo instinto, alta literatura ajena a las servidumbre de las modas, pulsión erótica, «fervor iconoclasta» (en palabras de Pere Gimferrer).

Desatado el hocico de lo obsceno (siempre regreso a Juvenal) el escritor husmea entre los restos de una sesión de anatomía, en la máxima tensión del lance erótico, en el movimiento entre sombras que precede al susto, información del tiempo raro del thriller surrealista (en mi cabeza sonaba el «Alien Observer» de Grouper, el «Text» de Darkstar y veía un film de Léos Carax) y creo que no solo seré yo quien distinga la línea Maupassant-Bierce y el escalofrío de lo uncanny pre-lovecraftniano en los temas recurrentes de Papur.

Espléndida la exploración que se hace del pozo, de la biosfera pirenaica, no sé si este libro es la joya de la corona de la obra de Ferrer Lerín, pero sí que contiene muchas piezas preciosas. En lo que toca a la constelación de referencias muy sutiles, habrá quien también vea aquí y allá destellos de Henry Miller, de Robert Rossen, de Isidore Ducasse, conde de Lautremont, de la química de Jacques Monod y de los versos Montale, de la dureza vital de Luis Buñuel y del Borges de Otras inquisiciones pero sobre todo escuchará la voz propia del artista singular.

Cine físico, como el de los años 70 (de Francesco Rosi a William Friedkin) en lo que toca a los guiones, –un grande como Albert Serra podría dirigir un pequeño corto de Die Rabe con su retumbo de Níquel–, sexo turbio en la línea Carlos Saura-Peckimpah (Sam); incorrección de voces y sonidos, intereses ligados ora a la planificación editorial y literaria de su obra ora a la composición de su propia figura.

Los que elijan entrar en este libro podrán frotarse la mente con todas las letras del nombre de Sento Papur y recortar metafóricamente para su admirado análisis un texto breve. Tanta es la perfección de tantos párrafos. Tan bien editado está. Tanto podrían aprender. En el apartado más personal, tengo inclinación por los solares, por los parterres devastados, por los monstruos, por las moscas y las metamorfosis de la piel femenina y por ello la lectura de Papur me resulta aún más íntima, inquietante como el recuerdo infantil de una temible canción desconocida.

Para muchos otros de este oficio, Ferrer Lerín será siempre uno de los escritores por antonomasia, feroz y atípico, y así como en Papur, aumentado y en escorzo,  simplificado y fijo, parece mostrarlo el transcurso, la redición catalana y el tiempo, o por seguir parafraseando la célebre opinión de Henry James sobre Flaubert, ha nutrido de carne muerta, se infiltra y ha llegado a un público (en esta edición cuatrocientos lectores bien enumerados) «del cual según su teoría estaba separado por una profunda e insuperable zanja, obra de su propia pala».

Si no carne, tierra, zanja y pala, al menos palabra y alma resurrecta, bodysnatcher, compendio de obsesiones, écfrasis, metapoemas (poemas sobre sus poemas), filología, literatura de sí, libro de libros, cama y montaña, lúcidas teorías sobre el plagio inverso, florilegio de prosa, rosa negra, muy potente; nombres de pájaros, bichos que envenenan a quien orina sobre ellos, paisaje oscense, genealogías hebreas alto-aragonesa como invocación de un tiempo petrificado en una nube, o, por resumir a nuestro autor en dos palabras: aristocracia y resistencia.




viernes, 14 de octubre de 2022

Mis murciélagos favoritos: Franz & Stevie


Stephanie Lynn «Stevie» Nicks (Phoenix, Arizona, 26 de mayo de 1948)
 

Franz Kafka (Praga, Imperio austrohúngaro, actual capital de República Checa; 3 de julio de 1883-Kierling, Austria; 3 de junio de 1924) 

martes, 13 de septiembre de 2022

soportando Singular hasta ciertos límites

«Creemos en nuestra singularidad, es decir, en que siempre será posible encontrar un rasgo, así sea insignificante, capaz de distinguir a dos hombres entre sí. la singularidad, por otra parte, la soportamos hasta ciertos límites. En términos generales, podríamos decir que es una vanidad y un orgullo mientras prolonga propiedades compartidas por la mayoría [...] La singularidad total, por el contrario, asusta y aísla»

Alejandro Rossi, Manual del distraído, Barcelona: Anagrama, 1980, p. 11.




«Mi poder sobrenatural consiste en que puedo subir edificios y bajarlos de forma singular [...] De pequeño –lo he dejado caer sutilmente ya– subía y bajaba el estrecho deslunado de casa de mi abuela con el trazo nervioso de una lagartija adolescente y taciturna. Uno no tenía por qué saber si la capacidad adherente de aquella otra sustancia viscosa que escondía entre el hueco de los dedos, bajo las axilas y otras cavidades que no vienen todavía al caso, era algo que generalmente viene con el cuerpo porque, oportunamente, no existe en la niñez una perspectiva global de la anatomía del mundo, ni teorías omnicomprensivas acerca del destino que la vida reserva en este punto a los demás. 
[...]
Subo la fachada que se le antoja a mi singularidad (no siempre, sino cuando quiero comprobar mi cualidad, mi… poder especial) en unos nueve o diez saltos. Pumba, pumba, pumba, pumba, pumba, pumba, pumba, pumba, pumba. Todo depende de la altura, las aberturas accidentales y los pliegues del edificio y no sólo de mi idiosincrasia, claro. Trepo, principalmente, rellanos de muchos colores y escalones, subo con mi sello graderías, subo canaletas y zaguanes, me acuclillo pensativo en la balaustrada de recios balcones. Subo huecos de ascensor. 
Me pongo al timón de los barcos del puerto por la noche, me cuelgo del estrave de todos los buques que bogan en las horas más oscuras de los días entre medusas, plásticos y motores que la gente arroja desdichadamente en el océano. Lo hago imitando la posición invertida y el gesto de luto con el que hibernan en verano los murciélagos sin solera: negro, raro, polinizador, con la cabeza al desnuque y las orejas hacia abajo. 
Subo a trompicones, cornisas y dinteles, pumba, pumba, pumba, de balcón a balcón, ayudándome con la baba o superbaba. Trastabillándome, babeando, superbabeando, dando a todo con el hombro y con la axila, igual que un soldado asqueado por la guerra alcanza entre sollozos otra trinchera, de hostia sagrada en hostia consagrada, hostiándome y hastiándome (perdón), sí, ¡PUMBA!, ascendiendo a duras penas, pegado a las ventanas, besando con el raro engrudo que emana de mis labios el duro muro de hormigón, el venenoso picor de la uralita; agarrando unas décimas de segundo los hierros fríos, las huellas de los otros, la sangre de nuestros antecesores, los maceteros mojados por la regadera, la gravitación interna del pasado. 
Subo y por ver la luna de mentira me dejo la piel; subo, derramo pegamento y observo por un instante indiscreto y loco, entre grietas e irregularidades del cemento, baba y úlceras de hormigón, el tipo de vida –habitualmente más convencional– que la gente sin cualidades especiales lleva dentro de sus casas. 
Un avechucho, incontestablemente, soy.»

Jesús García Cívico, Singular, Valencia: Che Books, Contrabando, 2018, pp. 24-27.





miércoles, 7 de septiembre de 2022

Una reseña de La condición despistada por Luis Manuel Ruiz en Diario de Sevilla

Diario de Sevilla, 21 de agosto, 2022

LA CONDICIÓN DESPISTADA | CRÍTICA

Perder el norte

por Luis Manuel Ruiz

Jesús García Cívico propone un sorprendente estudio sobre un tema singular, el despiste y el hábito de estar en las nubes



El ensayista y profesor Jesús García Cívico (Valencia, 1969).


LUIS MANUEL RUIZ

21 Agosto, 2022 - 06:16h


La condición despistada. Jesús García Civico. Candaya, 2022. 374 páginas, 19 euros


Pese a constituir uno de los elementos medulares de la filosofía, la literatura o el arte (o, por ponernos kantianos, su misma condición de posibilidad), nadie, que sepamos con certeza, había acometido hasta la fecha un estudio en profundidad del despiste. Jesús García Cívico, profesor de la Universidad Jaume I, crítico cultural, polígrafo y polímata (según se deja sentir por su propio texto), se arroja a la tarea motivado por razones que le tocan de cerca: él es un soberbio despistado. Después de haber perdido (nos confiesa) llaves, los coches de esas llaves, papeles, ordenadores, manuscritos, el camino de vuelta a casa, incluso a la mujer que le aguardaba en esa casa, Cívico se detiene y comienza a interrogarse por esa extraña tendencia, la distracción, que vuelve su vida de aire y escamotea sus pasos en cuanto intenta reconstruir el trayecto que le ha llevado hasta sí mismo. La pulsión autobiográfica, aunque lateral, es una de las más poderosas de este libro curioso, a la vez anecdotario, memorial, enciclopedia, catálogo. Más allá de ella, el fin confeso (y confuso) radica en una zambullida en las corrientes de la distracción y todo cuanto conlleva, en todos sus aspectos y manifestaciones, metafísicas, poéticas, vivenciales, cinematográficas.


En primer lugar, el autor trata de circunscribir el campo semántico de la inopia. Reúne en torno a sí todos los sinónimos que es capaz de encontrar por un sitio y otro (que son bastantes, porque Cívico ama los vagabundeos), despiste, extravío, abstracción, aturdimiento, incluidas las muchas metáforas que al respecto pueblan el habla cotidiana. En este sentido, una posee valor emblemático sobre las demás: estar en las nubes. En las nubes vive el alucinado, el atontado, el lelo, el que no se entera de nada, el fantasioso y el idealista, pero también el científico que busca salida a una fórmula y, sobre todo, el filósofo: basta mencionar al respecto (como hace Cívico, entre una larga batería de alusiones más) los sarcasmos de Aristófanes contra un ampuloso Sócrates en Las nubes, donde instalaba una escuela de sofística en las alturas, o el batacazo de Tales de Mileto al observar las estrellas, inicio para Hans Blumemberg del pensar teórico como tal. La conclusión de nuestro autor es que todos, en algún momento (y no sólo creadores e intelectuales) volamos inadvertidamente a otra parte, que a todos se nos va el santo al cielo y que todos, más o menos, estamos en babia si se dan las circunstancias precisas, porque (y de ahí el título), la distracción es más una condición humana que un mero estado o patología. Por todo ello, contra Shelley y el romanticismo germánico, el titán que representa a la raza humana sería, más que Prometeo (“aquel que piensa antes”), el atolondrado Epimeteo, que en el mito de Platón se olvida de armar al hombre contra los rigores de la naturaleza, y que en el de Hesíodo acepta a la nefasta Pandora, fuente de todos los males futuros.


«SELVÁTICA, DESMEDIDA, ERUDITA, AMENÍSIMA, LA OBRA POSEE UNA RARA CLARIVIDENCIA»




Hay algo que nos llama desde otro lado, una inercia invencible que nos arrastra arriba o adentro (al ensimismamiento, en la expresión de Ortega); pero a la vez, irremisiblemente, esa fuga necesita de un punto fijo que nos haga regresar, de alguien o algo que nos recuerde el mundo de la materia y devuelva nuestros pies al suelo. Con ser antipático, este papel de recordador resulta por completo imprescindible si hemos de atender a detalles puntuales como alimentarse, ir al trabajo o cuidar de nuestros hijos: la dialéctica entre vuelo y aterrizaje, elevación y costalazo, ensimismamiento y alteración, vertebra la esencia humana y es, quizá, el tuétano profundo del libro. Para personificar al recordador, esto es, al tirón de orejas que tan desconsideradamente nos devuelve a la tierra, Cívico recurre a un personaje de Jonathan Swift llamado flapper o climenole. En la tercera parte de Los viajes de Gulliver se describe la portentosa isla de Laputa, elevada en el aire, poblada por una nación de astrónomos, filósofos, científicos, intelectuales de toda laya: dichos habitantes, entregados a sus pensamientos, pasan el día elucubrándose y extasiándose ante abstracciones que les hacen olvidarse por completo de sus cuerpos y del lugar que ocupan; por cuanto les son necesarios los servicios de ciertos sirvientes llamados climenoles, que les golpean los ojos o la boca con vejigas llenos de guisantes siempre que necesitan descender. Cívico aporta una larga lista de climenoles con los que debemos enfrentarnos a diario: la familia, el jefe, los impuestos, el sentido común, y, en última pero primerísima instancia, la muerte.


Selvática, desmedida, erudita, amenísima, La condición despistada es una obra de una rara clarividencia que servirá a muchos, como este que escribe, para comprender mejor sus propios despistes y franquezas, y para comprobar que afortunadamente no está solo: marcar correctamente el norte, a pesar de las brújulas, no se nos da bien a todos.

lunes, 14 de marzo de 2022

Ficciones, las justas: una entrevista

 


Cuestionario de MAKMA para Jesús García Cívico
Bel Carrasco

—¿Me podrías aclarar el significado del título, Ficciones, las justas, que no lo acabo de pillar, y por qué solo música, cine y porno cuando se habla de todo, incluido el deporte?

    El título se hace eco de una petición difusa por parte de un sector de la sociedad: que las ficciones (literarias y audiovisuales) sean justas. Dicho esto, en el sentido de que piden que las obras o sus autores difundan o representen, respectivamente, una serie de valores morales y vidas ejemplares. Buscan (y, en sentido contrario, censuran) que una idea de justicia entendida como respeto de las diferencias, demandas de reconocimiento identitario o lucha contra la discriminación sexual y racial se integre en la ficción.
    Luego, el subtítulo es una forma razonada de respuesta colectiva (a ocho manos): se ofrecen reflexiones sobre la nueva moral y su papel en el cine, la música y la pornografía con el fin no solo de alertar sobre nuevas formas de censura sino de dar argumentos y datos al lector para pensar el fenómeno en toda su complejidad. Y tienes razón en que este ensayo es más amplio: en mi caso al tratar de comprender la nueva moral desde algunas transformaciones políticas y culturales más o menos recientes (anti-intelectualismo, resentimiento, horizontalismo postmoderno, hipersubjetividad, infantilización) incluyo ejemplos del deporte, la literatura y la filosofía.

—¿Qué vínculos unen a los cuatro autores?

    Te respondo como coordinador: ha sido la admiración que siento hacia el trabajo de estos autores en sus campos de conocimiento más específicos. Eva Peydró no es solo una de las críticas cinematográficas más inteligentes e internacionales sino una de las que escribe mejor. Tengo a Carlos Pérez de Ziriza como una referencia en la crítica musical, no solo por la profundidad y amplitud de sus conocimientos sino porque sabe conjugarlos con un posicionamiento cívico y sociopolítico sensible y coherente que lo hacía idóneo para escribir sobre la nueva moral en la música. Por su parte, Ana Valero es una investigadora muy prestigiosa en el ámbito de los derechos fundamentales y las libertades públicas pero además es una pensadora valiente, culta y perspicaz capaz de lidiar con lucidez, coraje e incluso con heroísmo en el campo del arte y en sus expresiones más polémicas.
Los invité a los tres y felizmente dijeron que sí.

—La censura existe desde el inicio de la civilización pero emana del poder civil y religioso. Sin embargo, hoy surge desde las bases sociales a través de internet y la redes. ¿Eso la hace más o menos dañina?

La hace más inquietante. Ana Valero explica muy bien ese chilling effect a través de la idea de «censura líquida», el nuevo «panóptico» sentimental (todos nos vigilamos a todos) y cómo el «sentimiento de ofensa» se perfila como el nuevo rasgo identitario que aglutina y genera cohesión entre los usuarios de una redes que hoy se caracterizan por su irritabilidad. Carlos Pérez de Ziriza ofrece el ejemplo del deterioro desproporcionado de la carrera profesional de Ryan Adams por una acusación aireada en la red, así como la presión electoral en la política cultural de algunos ayuntamientos en relación con grupos cuyas canciones podrían resultar «sexistas». Eva Peydró arroja nueva luz sobre casos conocidos como los de Bertolucci o Johnny Depp así como los últimos «debates» en la red a propósito de la racialización, el apropiacionismo cultural o la interpretación de personajes transgénero.

—También los sujetos y objetos de reprobación son completamente distintos. Racismo, homofobia, transfobia, violencia de género… ¿Cuáles serían los «Siete pecados capitales» de esta nueva moral?

La irracionalidad, el excesivo peso de los sentimientos y las emociones, el riesgo de dejar de disfrutar del arte y la cultura, el punitivismo, el retorno a formas medievales de castigo vergonzante (humillación pública en la red), el exhibicionismo moral, la tergiversación consciente como desprecio a la verdad. Esos siete pecados tienen un efecto perverso no solo sobre la creación artística sino sobre una causa justa: la protección de los grupos vulnerables, el respeto a los derechos de las minorías y de los «diferentes» y la igualdad económica, política y simbólica de la mujer.

—Entre los muchos casos de ‚cancelados‘ que citas, señala alguno que consideres más significativo. (A mí me irrita lo que pasa con Rowlin, por ejemplo).

Personalmente, me duele el de Woody Allen porque yo crecí viendo sus películas y me enamoré del tipo de mujer (inteligente y divertida) que las protagonizaba.

—La cultura de la cancelación se expande por todo Occidente pero muestra mayor contundencia en Estados Unidos y Gran Bretaña. ¿Se puede atribuir este hecho a su raíz calvinista y puritana? 

Sin duda ese factor cultural tiene un peso específico en países donde los derroteros puritanos de la corrección política permite hablar de «inquisidores amables» (kindly inquisitors) por decirlo con Jonathan Rauch, un periodista que analizó la cultura de la cancelación y sus diferencias con el debate racional de ideas. Carlos Pérez de Ziriza incluye la denuncia por pornografía infantil de Spencer Elden, el bebé de la portada de Nevermind, el disco de Nirvana o la polémica sobre una foto promocional de C. Tangana. Eva Peydró traza en el libro un sugestivo recorrido por la «ultracorrección» en Hollywood así como por la particularidad europea. Ana Valero incluye en su capítulo no solo una síntesis del erotismo en el arte, sino también del debate en el seno del feminismo y en la evolución jurisprudencial sobre lo obsceno en Estados Unidos.

—¿Se podría decir que este fenómenos al igual que la llamada 'cultura woke' expresa la mala conciencia acumulada a lo largo de siglos del hombre blanco, heterosexual y protestante? ¿También que demuestra la incapacidad del ser humano para gestionar su libertad por lo que prefiere depender de normas que orienten sus actos...y pensamientos (que es lo más perturbador)?

A mí lo que más me preocupa de la cultura woke y de esa mala conciencia de la que hablas (antes que el carácter extemporáneo y algo delirante de las «batallas culturales») es la forma en que acaba invisibilizando las demandas de justicia económica (una cuestión urgente y universal). Se ha demostrado que el énfasis en lo identitario en la agenda política va en menoscabo de la lucha por la distribución de la riqueza. 
Sobre la libertad, sé que mantengo una posición poco intutitiva y puede ser que minoritaria a este respecto (aunque uno de los últimos ensayos de Eloy Fernández Porta parece que vaya en este mismo sentido): la existencia de normas es un requisito necesario para la libertad. Necesitamos normas que orienten conductas, pero, ojo, entre esas normas se incluye la igualdad, la no discriminación, así como la libertad artística y de expresión. Otra cosa es que la gente asuma acríticamente una serie de nuevos dogmas y lugares comunes sobre los que no se ha detenido a reflexionar. La precariedad laboral, la aceleración, los nuevos formatos breves de comunicación, el solucionismo o la ruptura de los vínculos sociales tras décadas de individualismo neoliberal (no solo político, sino educativo y cultural) tampoco ayudan a ello.

—¿Hasta dónde nos puede conducir este revisionismo moralizante? ¿Se intuye una especie de bandazo en dirección opuesta como ha pasado tantas veces a lo largo de la historia?


Sí, esa dialéctica, por decirlo con Hegel, acabará generando una síntesis. Es ahí donde el libro señala algunos aspectos positivos de la nueva sensibilidad. En mi opinión, cae en la casilla del acierto la revisión de la historia si sirve para rescatar autores injustamente opacados (por ser mujer, negro, homosexual, etc.) o discursos silenciados (no necesariamente en clave decolonial, una vía llena de contradicciones a mi juicio). Luego, en el terreno de las ficciones, ¿no era raro que los pilotos de naves espaciales en mundos inventados fueran hombres rubios? Hoy reaccionamos ante la reproducción de arquetipos y se nos ha afinado el olfato para detectar sesgos y prejuicios simbólicos. Eva Peydró observa la evolución de artistas como Clint Eastwood o personajes como James Bond de forma similar. Estamos en una fase balbuceante y hay ficciones que integran la «nueva sensibilidad» de forma mecánica, grosera o superficial (el tokenismo), lo cual perjudica a su calidad artística, otras han sabido integrarlas de forma enriquecedora.

—La hipocresía o doble rasero que genera esta especie de caza de brujas y brujos puede alcanzar cotas alarmantes. ¿Qué opinas al respecto?

Que coincido contigo. Anadiría que la alarma ya ha saltado. Esa, junto al amor por el pensamiento, el arte y la literatura, es la razón de nuestro ensayo Ficciones las justas.




lunes, 21 de febrero de 2022

Presentaremos a NELY REGUERA Y VALENTINA VISO

 CONVERSAMOS CON NELY REGUERA Y VALENTINA VISO

Modera: Jesús García Cívico

31/03/2022 - 19:00 h.


Presencial

Organiza: Fundación Cañada Blanch


Colabora: Universitat de València - Vicerectorat de Cultura i Esport




En el mes de la Mujer, Nely Reguera y Valentina Viso protagonizan una nueva sesión del Ciclo 'Mujeres de Hoy'. Un espacio en el que damos visibilidad al trabajo de profesionales creativas que se han posicionado a base de esfuerzo y talento.

 

El jueves 31 de marzo, a las 19 horas en Fundación Cañada Blanch, la cineasta Nely Reguera, se sentará junto a la guionista Valentina Viso, para repasar sus trayectorias, compartir experiencias, influencias e inspiraciones. Junto a ellas estará Jesús García Cívico moderando la sesión. Jesús es crítico literario y cinematográfico, profesor universitario, filósofo, escritor y colaborador en revistas como 'El Hype'.

 

Estas dos mujeres creadoras se suman al listado de referentes femeninos que han visitado este ciclo en Fundación Cañada Blanch, como son Christina Rosenvinge, Paula Bonet, Luna Miguel, Miren Iza, Gabriela Wiener o Cristina Morales; entre otras. Algunas de estos encuentros están disponibles en nuestro canal de YouTube.


domingo, 20 de febrero de 2022

Ficciones, las justas

 

¿Cuáles son las claves de la cultura de la cancelación, a quiénes y de qué manera afecta, dónde están sus orígenes y cuáles pueden ser sus efectos? A estas preguntas responde un ensayo del sello valenciano Contrabando: ‘Ficciones, las justas. La nueva moral en el cine, la música y la pornografía‘. Coordinado por Jesús García Cívico, filósofo, profesor en la Universitat Jaume I y autor de ensayos, relatos y poemas, incluye también textos de Eva Peydró, Carlos Pérez de Ziriza y Ana Valero.


«El título se hace eco de una petición difusa por parte de un sector de la sociedad: que las ficciones sean justas, es decir, que las obras o sus autores difundan o representen, respectivamente, una serie de valores morales y vidas ejemplares”, explicaGarcía Cívico. “Se demanda integrar en la ficción una idea de justicia entendida como respeto de las diferencias, reconocimiento identitario y lucha contra la discriminación sexual y racial”.


                                                Enlace a la entrevista completa en MAKMA





viernes, 18 de febrero de 2022

Lo que habita en Diego S. Lombardi

La primera vez que leí a Diego S. Lombardi (Buenos Aires, 1981) fue con ocasión de la publicación de La coronación de las plantas (Jekyll & Jill, 2017) cuando el autor ya había obtenido cierto reconocimiento tras su primera novela Reflexiones de un cazador de hormigas. Me había parecido que este escritor singular empeñado en hacer de la creación de atmósferas y zozobras personales una experiencia literaria participaba de una forma «sui generis» en un tipo de literatura que me gustaría, modestamente, caracterizar bajo el sintagma «ficciones de ojos cerrados». La reciente aparición en la editorial Aristas Martínez de Lo que habita entre nosotros (2021) confirma mis primeras impresiones y arrastra con mayor virulencia esta literatura de sensaciones oscuras y descubrimientos al otro lado de un umbral imbricado de categorías estéticas del tipo que el crítico cultural Marc Fisher situó al abrigo de uno de sus más inteligentes ensayos, Lo raro y lo espeluznante (de lo extraño a lo asombroso, de lo desconocido a lo extraordinario).


Crítica completa en Revista de Letras



jueves, 6 de enero de 2022

Mis 10 películas favoritas de 2021



Titane (Julia Ducournau, 2021)

West side story (Steven Spielberg, 2021)

Memoria (Apichatpong Weerasethakul, 2021)

Annette (Leos Carax, 2021)

Drive my car (Ryûsuke Hamaguchi, 2021)

The worst person in the world (Joachim Trier, 2021)

The power of the dog  (Jane Campion, 2021)

Coming home in the dark (James Ashcroft, 2021)

The innocents (Eskil Vogt, 2021)

Lamb (Valdimar Jóhannsson, 2021)